Icono del sitio JB Rodriguez Aguilar

¡Bibliozoo! Un bestiario de bibliotecas

Hubo un tiempo en que fui bibliotecario, primero de una biblioteca especializada en leyes, y luego durante casi catorce años, en una biblioteca pública de Madrid, mi ciudad. Fue un trabajo que me curtió y enriqueció en todos los sentidos. Como reza la definición de cabecera de toda biblioteca pública, atendíamos a la comunidad en sus necesidades globales de conocimiento, información y ocio, a coste cero y sin ningún tipo de discriminación. La nuestra era una pequeña embajada cultural que cumplía un servicio inestimable, y la gente del barrio reconocía nuestra labor. No teníamos que hacer grandes campañas para fidelizar a nuestros clientes —a los que los bibliotecarios preferimos llamar siempre usuarios—, pues los habituales de las bibliotecas no se mueven por modas pasajeras, sino que suelen ser fieles a ellas. ¿Dónde van a encontrar un oasis de paz, cultura y entretenimiento semejante, abierto de la mañana a la noche, sin que se le cobre tasa o cuota de ninguna clase, ya sea simplemente por entrar en ella, como por hacer uso de sus innumerables servicios? Desde la lectura reposada en los sillones y sofás, al préstamo de todo tipo de libros y materiales; pasando por el uso indiscriminado y gratuito de internet; los cursos, talleres, cuentacuentos y actividades de toda índole… Las bibliotecas superan hoy en día a muchos centros culturales, y rivalizan, si me apuran, con algunos parques temáticos.  

No exagero al hablar de la fidelidad de los usuarios. Tanto es así, que yo tenía la sensación de que pasaban los años y veía desfilar por mi biblioteca siempre los mismos rostros; si bien respondiesen a una tipología humana de lo más variada.  Para mi sorpresa, desde que comencé a trabajar como bibliotecario, advertí asimismo cómo se contaban por cientos las anécdotas que surgían en el seno de una institución tan aparentemente formal y ordenada como una biblioteca. A menudo, las comentaba con una amiga periodista, y nos reíamos mucho de las situaciones tan surreales que allí se daban. Es cierto que las bibliotecas públicas, como espacio y concepto, tienen algo intangible que las conviertes en polo de atracción para una parroquia con los caprichos más frikis y las más divertidas manías y neuras. Solo había que prestar un poco de atención para darse cuenta. Mi amiga me decía que tenía que escribir un anecdotario de todo lo que allí pasaba; y yo le respondía que sí, algún día…

Sucedió que hubo un momento en que comencé a contemplar a los usuarios de mi biblioteca no como esto último, sino como una fauna. Me descubría rastreando, en muchas de sus querencias y conductas, el comportamiento de algún espécimen del reino animal. No sé si me adelanté a la moda Therian que luego ha inundado las redes sociales, pero por momentos me ocurría que ya no veía rasgos humanos, sino una nutrida representación de animales humanizados (o viceversa). Esto me dio que pensar…

Otra fauna indescriptible éramos los propios bibliotecarios… Asimilé que, al igual que yo contemplaba a los usuarios como una curiosa Arca de Noé que visitaba a diario nuestra biblioteca, igualmente ellos podían observarnos a nosotros, los bibliotecarios, como una suerte de animales muy hípsters y culturetas, encerrados tras nuestros despachos y mostradores. No cabe discriminar la dirección de la mirada; todo zoológico o acuario permite una doble visión: hacia el interior de las jaulas o peceras, y de ellas hacia fuera…

¡Una biblioteca convertida en zoológico! ¡Un bibliozoo! ¡Ya tenía la feliz idea! Me puse a escribir con entrega, justo en los momentos en que dejaba la profesión para enfocarme en otros proyectos, hace casi diez años. Se deja el puesto de trabajo, pero el espíritu no te abandona nunca; al revés, te acompaña de por vida. El mero hecho de ponerme a catalogar especímenes de usuarios y profesionales era, per se, un ejercicio neurótico absolutamente bibliotecario. Y la estructura del texto respondió perfectamente a la división en dos grandes partes que mentalmente había establecido a la hora de pergeñarlo: 

La primera, Animalario, es el gracioso catálogo de usuarios que visitan a diario el bibliozoo. Redactado por un maniático bibliotecario, fruto de la imaginación, y anotado por otro segundo bibliotecario no menos maniático. Incluye la descripción física y de comportamiento de veinte fabulosos especímenes, entre ellos: un buitre negro que arrampla con todos los materiales de expurgo; una mantis religiosa neurótica de la privacidad de sus datos; una perezosa que campa a sus anchas por la Sala de Publicaciones; un pejesapo que devora los diarios de economía; o un mono narigudo que se exhibe en público entre las estanterías…

La segunda, Bibliobestias, son seis cuentos que tienen como protagonistas a los propios profesionales bibliotecarios, desde un punto de vista animalizado. Así, Cephalopoda cuenta la historia de amor de dos pulpos bibliotecarios aislados en sus despachos-pecera; en Felidae, un bibliotecario muy sexual y felino es seleccionado para llevar a cabo un programa de reproducción en cautividad de bibliotecarios; en Proboscidea, se proyecta la puesta en marcha de un cementerio para elefantes bibliotecarios; en Rodentia, toda una civilización de superroedores crece en los subterráneos de una biblioteca humana; en Quiroptera, dos murciélagos siembran el terror en una biblioteca provinciana; y en Primates, se recrea el mito del Planeta de los simios, con un bibliotecario como protagonista. El volumen se cierra con un epílogo a cargo de una araña gran amante de la profesión. 

Si la escritura del libro fue bastante rodada, el tiempo de concreción de la publicación resultó, en cambio, extraordinariamente largo. Carl Jung hablaba, entre sus muchas aportaciones en el campo de la psicología, del concepto Kairós: el tiempo de gestación psíquica para cada transformación personal. Cada evento significativo tiene su propio tiempo de maduración. Creo que esto es lo que sucedió también con Bibliozoo: bestiario de bibliotecas. Durante muchos años permaneció archivado en una carpeta de mi ordenador. Yo había visualizado la edición de la obra, casi desde un principio, acompañada de ilustraciones, mas no terminaba de dar con la persona que me secundara en el proyecto. Parecía que el Universo retrasase la publicación hasta que esa persona apareciera… Finalmente, ha sido la artista e ilustradora Naza del Rosal, con su precioso imaginario de carácter simbólico en torno a la Naturaleza y el mundo animal, quien ha iluminado con su arte las páginas del libro. En total, veintisiete ilustraciones a todo color, a razón de una por cada ficción o relato; más la sensacional cubierta.

El resultado, estoy convencido, es un texto híbrido y muy posmoderno que, gracias al humor presente a lo largo de todo él, así como a sus fabulosas ilustraciones, rompe las barreras de la ficción fantástica. Sus historias tienen algo de taxonómico, de minificción y también de relato mitológico, que intuyo va a sorprender a los lectores y a arrancarles una sonrisa. Todo ello publicado por mi editorial de siempre, Malbec Ediciones, y desde ya disponible en librerías físicas y virtuales.

 

Salir de la versión móvil