En estos días han coincidido dos personajes de talla mundial en la ciudad de Madrid, donde se han dado, respectivamente, grandes baños de masas: el Papa León XIV y el músico Benito Antonio Martínez Ocasio, más conocido como Bad Bunny. Los medios se han hecho eco superlativo de todo, e incluso han especulado con un posible encuentro entre los dos que, al parecer, se ha producido en audiencia privada en el estadio Bernabéu. Para quien, como yo, llevaba un tiempo pensando en escribir algo sobre Bad Bunny a raíz de su éxito descomunal en el intermedio de la Super Bowl, la histórica concurrencia con León XIV en Madrid sirve de detonante creativo. ¿Sincronía o sincronicidad?, cabe cuestionarse.
Habrá quien califique la pretensión de paralelismo entre ambas figuras de disparate, al considerarlas incomparables, hasta antagónicas. El desafío radica en encontrar resonancias significativas. Asumo el carácter subjetivo de una mirada que pretende explorar conexiones desde la sensibilidad y la intuición; dos virtudes que, a menudo, he sentido como lastres, y con las que empiezo a reconciliarme. No las contemplo hoy como herramientas ciegas, sino como brújulas valiosas. Me dejaré guiar por ellas en este intento de especulación.
Comenzaré por resaltar algunos datos anecdóticos. Desde un punto de vista astrológico, son signos opuestos y, por tanto, complementarios: Virgo, el pontífice; Piscis, el puertorriqueño. El primero ha adoptado en su rol público el nombre de León; el segundo, el de Conejo; y curiosamente, ambos comparten el mismo apellido español: Martínez. El uno es el faro del Catolicismo; el otro, el artista musical más escuchado en las plataformas hoy en día. El uno llena el Bernabéu; el otro el Metropolitano.
Seguidamente, nos fijaremos en que ambos han llegado a su posición excepcional, cada cual en su ámbito, desde la vivencia de una misma realidad social con múltiples rostros: el contexto complejo y desigual de Latinoamérica. Uno desde su cuna puertorriqueña; el otro desde su embajada apostólica en Perú. Y ambos parecen ocupar ese puesto destacadísimo por un motivo que ni siquiera han ambicionado en origen. Se diría que el universo los ha colocado ahí, en este momento oscuro de cambio de paradigma, a buen seguro no por capricho, sino para cumplir una misión coincidente: comunicar un mensaje.
En este sentido, podrían interpretarse como dos formas distintas de acceso a lo universal. El actual Papa lo hace desde la magnanimidad de la Iglesia Católica, aunque sabiendo tocar con la varita mágica de su carisma el alma de cada individuo. Bad Bunny, por su parte, bebe de una identidad muy local (su microuniverso boricua) para alcanzar una dimensión comunicativa que ha conectado con gentes de los cinco continentes. Ambos recorren caminos inversos para convergir en un mismo destino: su poder de comunicación y su influencia simbólica.
Bad Bunny, el controvertido, el irreverente, el pésimo cantante… Al asistir a su espectáculo de la Súper Bowl, tuve la impresión de que su figura se había agigantado a escala planetaria. Mirando al cielo de continuo, parecía investido de un aura mística. Transido, iluminado; un mesías en pleno éxtasis. El show ha sido analizado por activa y por pasiva, y ensalzado en todos sus valores. En él confluían la alegría de la música y del baile, con la reivindicación identitaria. Su propuesta de panamericanismo, así como su coraje político, siempre desde lo positivo, hicieron que muchos se identificaran y emocionaran con él, más allá de los gustos musicales. Sin olvidar el abanderamiento del español como lengua viva de cultura; o el mandamiento del amor resaltado en los luminosos… Era mucho más que el artista en sí, el Benito de carne y hueso. Era el artista convertido, por decisión del cosmos, en un canal de comunión con las fuerzas del inconsciente colectivo, según la óptica jungiana.
En cuanto a lo sucedido estos días con el Papa León XIV en Madrid, se me antoja similar en gran medida. Viendo al ser humano Robert Francis Prevost Martínez en el maremagno de audiencias, discursos, celebraciones religiosas, saludos a las muchedumbres y actos de todo tipo a lo largo de este viaje, nos llega una serie de valores suyos dignos de resaltar. A su bagaje intelectual se suman rasgos como su humildad, su capacidad de escucha, su serenidad y una paciencia a prueba de balas. Otros detalles: su sonrisa tímida e incombustible; su mirada suave y directa a los ojos del interlocutor; su compostura tranquila e imperturbable, acto tras acto… Y su dominio de las lenguas: lo bien y bonito que habla en español.
Esos atributos personales vienen parejos a unos valores morales. Y es que la gentileza no está reñida con la claridad de un discurso que, sin renunciar a los principios tradicionales de la Iglesia, pone el acento en elementos asumibles por cualquier persona de bien, de ahí su alcance. Ha quedado patente su compromiso social, en particular con los migrantes y con los más vulnerables. Asimismo, su defensa de la dignidad humana, por encima de los intereses políticos, económicos y tecnológicos. Su posicionamiento sobre la IA que amenaza con arrancarnos de nuestra esencia como especie; su rechazo a toda forma de violencia y polarización; la búsqueda del bien común y de la unidad de la raza humana…
En un marco más amplio, cabría insertar estas dos figuras en un cambio de era que tantos adelantan. Los astrólogos hablan de la transición de una época de tierra a una de aire, en la que se están desplomando a toda velocidad los axiomas del pasado. De la noche a la mañana, se cuestionan los instituciones jerárquicas y desfasadas. Se tambalean los postulados del capitalismo extremo, tales como: la competencia salvaje y la explotación de los recursos naturales; la opresión y lucha entre los pueblos; el valor del hombre por lo que produce, antes de por lo que es… La caída arrastra a aquellas culturas y potencias que mayormente se han cimentado en torno a ellos, esto es, el occidente capitalista y, en particular, el mundo anglosajón, encabezado por Estados Unidos.
A pesar de la virulenta oposición de sus líderes, nos movemos asimismo con rapidez hacia una nueva Humanidad, cuyos rasgos se asoman aún de forma incipiente, y entre los que cabría señalar: la hibridación y el mestizaje; el sentido de comunidad; la organización en torno a redes descentralizadas e interconectadas; economías y modos de vida más respetuosos con nuestro planeta; la vuelta a respirar con la Naturaleza, con el Universo y con el centro del alma; el auge de lo espiritual y del amor como fuerza motora.
En este tránsito crítico, se abre una oportunidad para otras culturas, a menudo despreciadas por inferiores o desorganizadas, las cuales muestran hoy una vitalidad mucho más genuina, y una mayor capacidad de adaptación a los nuevos tiempos. Quizás no tan sofisticadas ni punteras en sus manifestaciones, conservan una conexión más auténtica con la vida, así como una mirada más alegre, fraternal e integradora. En la actualidad, todo ello se constituye en valor. Destaca, de entre esas culturas, la latina por su capacidad de armonizar con infinidad de sensibilidades emergentes. De ahí su prevalencia, en lo musical, e incluso en la percepción externa de la lengua que la cose: el español, en numerosos artículos señalada como la más atractiva internacionalmente hoy en día.
El poeta peruano César Vallejo cantaba en su poema “Heraldos negros” del libro del mismo título (1918) el advenimiento de cierto tiempo apocalíptico. Desde una perspectiva opuesta, la coincidencia en Madrid de dos heraldos blancos de la nueva era puede leerse como algo más que una casualidad mediática. El Universo ha hecho canalizar los soplos esperanzadores de otra Humanidad en dos conductos humanos: el Papa León XIV y el artista conocido como Bad Bunny. Y los ha hecho coincidir caprichosamente, en la misma ciudad y en las mismas fechas, para mayor efecto y amplitud de su mensaje. Es así como se obran los milagros.

