Cuando en 1998 el primer Premio Nobel de Literatura concedido a un autor de lengua portuguesa fue a parar a manos del portugués José Saramago, muchas fueron las voces discordantes que se levantaron para reclamar tal reconocimiento para un escritor afincado al otro lado del océano: el brasileño Jorge Amado, eterno morador de Salvador de Bahía. Tales voces esgrimían su larga carrera como novelista, así como su semblante humano y político, argumentos que, infelizmente, no resultaron suficientes, de modo que don Jorge hubo de irse de este mundo sin recibir el prestigioso galardón, lo que tampoco pareció preocuparle gran cosa.
Como en alguna de sus historias, en la biografía de Amado existen también lagunas, en particular respecto a su nacimiento. Se cree que lo hizo en la hacienda Auricídia del estado de Bahía, aunque luego se trasladó a la ciudad de Ilhéus, en la que pasó toda su infancia. De ahí a Río de Janeiro, donde cursó la carrera de Derecho y trabó contacto con la vanguardia cultural del momento, para luego volver a Bahía. Como escritor, es autor de una rica y desbordante obra narrativa, constituida por crónicas, cuentos, y casi treinta novelas, todas ellas escritas a golpe de tecla en su máquina de escribir. Es también el paradigma del escritor independiente y hecho a sí mismo, pues, aunque recibió en vida algunos premios de entidad, entre ellos el Camões de 1995, vivió siempre en exclusiva de sus derechos autorales. Sus obras fueron traducidas a más de cincuenta idiomas y llevadas asiduamente al cine y a la televisión. 


Las primeras novelas de Jorge Amado tienen la ciudad de Salvador como principal escenario y a sus tipos marginales como protagonistas absolutos. Los marineros, las meretrices, los borrachos y maleantes se adueñan de las páginas de SudorCacao o Mar muerto. Son obras con un fuerte componente lírico y de denuncia social, rasgo del que no se separaría a lo largo de toda su carrera y que lo llevaría a su compromiso político dentro del Partido Comunista Brasileño. Por este motivo se vio obligado a exiliarse en los años 40 y 50, viviendo a caballo entre Argentina, Uruguay, Francia y Checoslovaquia. Su primer gran éxito lo alcanzó con Capitanes de la arena (1937), recientemente recreada en la gran pantalla, la historia de una pandilla de imberbes delincuentes que vive de los botines obtenidos por las calles y playas de Salvador. A ella le siguieron grandes novelas y también narraciones breves, muy imaginativas, como el caso de La muerte y la muerte de Quincas Berro Dágua. El título hace referencia a la doble muerte del personaje: una como supuesto funcionario ejemplar, en el seno de su familia, según los ritos y convenciones de la sociedad; y la otra, como empedernido bebedor y juerguista, en el mar, acompañado de sus amantes y de sus compinches habituales de farra. Para Vinicius de Morães, esta novelita suponía una cumbre creativa de las letras brasileñas.


Sin embargo, su obra más famosa sea quizás Gabriela, clavo y canela (1958), protagonizada por una mulata nordestina que, huída de la miseria y la sequía del sertón, entra a trabajar como cocinera en un restaurante de Ilhéus, propiedad de un inmigrante libanés. Gabriela es la sensualidad y la seducción encarnadas en un cuerpo de mujer, tanto así, que revoluciona la vida de la ciudad en un momento de profundos cambios sociales y políticos. La historia se convirtió en guión de una famosa película protagonizada por Marcello Mastroiani y la bella actriz Sonia Braga. Igualmente sucedió con Doña Flor y sus dos maridos (1966), cuya protagonista se casa en segundas nupcias con el disciplinado y anodino farmacéutico local, don Teodoro, si bien sigue recibiendo en ocasiones las visitas de su difunto marido, el golfo Vadinho, quien le hace rememorar las horas de placer carnal. Y es que en casi todas la obras de Jorge Amado hay tres elementos en constante aparición: la preferencia por el humor y los personajes de corte pícaro; una apuesta raigal por la alegría de vivir, que se impone en medio de las adversidades; y un amor declarado por el mar Atlántico que bañaba las laderas de su querida Bahía. Hoy en día, muchos señalan a Amado como fuente de inspiración para otros grandes autores de la narrativa latinoamericana, como Gabriel García Márquez o Vargas Llosa, que le rindieron homenaje en vida.

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