Recientemente me han regalado un pequeño libro de relatos que ha supuesto para mí una sorpresa. Se trata de El imitador de voces del austriaco Thomas Bernhard (1931-89). No voy a esconder que es uno de mis escritores favoritos y una de mis primeras y más fuertes influencias literarias. Probablemente, el impulso de escribir exista en cada uno desde pequeño, pero creo que, en mi caso, fue a raíz de la lectura de algunas de sus novelas que ese impulso tomó cuerpo y se materializó por fin en forma de obra acabada. Sin embargo, como ocurre a veces con aquellas cosas o personas a las que se ha querido intensamente, debo reconocer que tenía al maestro un tanto olvidado desde hacía tiempo. De él conocía y he admirado sus maravillosos experimentos narrativos (mejor llamarlos así que novelas): me refiero a obras tan fascinantes como Trastorno, La calera, El malogrado, Corrección… Todos esos títulos forman un corpus de la mejor y más arriesgada escritura facturada a lo largo del Siglo XX. Son obras que se presentan ante cualquiera con una solidez aterradora. Cuando uno se adentra sin prejuicios por sus líneas, se siente enfrentado a un chorro o torrente verbal que lo arrastrara y sacudiera. El discurso narrativo habitualmente es el de una mente neurótica que atrapa al lector por su descaro, por su corrosiva lucidez y por el magnífico ritmo con que va subordinando frase tras frase. Hay en ellas algo de invención musical a la manera de los grandes de la música clásica: Bach, Beethoven, Schubert… Los sustantivos, los gentilicios, las aposiciones y calificativos de todo tipo, hasta las ideas de trasunto supuestamente filosófico, son manejados como motivos musicales en los que la repetición, la imitación y la variación van construyendo una trama absoluta y enajenante. Un amigo me dijo hace poco que leer a Bernhard era como entrar en trance a través de mantras y creo que no le faltaba razón. De la lectura de sus novelas monopárrafo se sale siempre consternado y sin aliento.

Pues bien, si por el título fuera, cualquier musicólogo diría que el libro remite directamente a ese concepto: la imitación de voces; una herramienta que en música se conoce desde los tiempos de la polifonía medieval y que Bach supo llevar a sus más altas cotas de perfección. El clave bien temperado, las Invenciones, El arte de la fuga o su maravillosa Ofrenda musical despliegan un universo sonoro en el que este recurso es el principal agente motor y estructurador. Siendo un destacado melómano, es más que probable que Bernhard tuviera el concepto tan metido en la cabeza que ni pensara conscientemente en él a la hora de escribir. En cambio, el libro sorprende porque el autor parece prescindir precisamente de la imitación y de la repetición, que usa sólo muy puntualmente, para componer esta colección de relatos magistrales. Sucintos, incisivos, cargados de un humor terrorífico, nos ofrecen la esencia de su escritura a través de anécdotas, sucesos provocadores, casos de periódico, crónicas de tribunales… Tal vez ésta sea la imitación de voces a la que se refiere el título: un ejercicio de estilo a la manera de los periodistas, que aprenden a redactar las más variadas noticias según sea su tono y relevancia informativa. Sea como fuere, recomiendo aquí su lectura y, como anticipo, os traigo cuatro de los muchos relatos geniales que lo integran:

Tesis

Un hombre de Augsburgo fue internado en el manicomio de Augsburgo sólo porque, durante toda su vida, afirmó en cualquier ocasión que lo último que dijo Goethe fue mehr nicht! (¡más no!) y no mehr Licht! (¡más luz!), lo que, con el tiempo y a la larga, acabó por atacar los nervios de tal modo a todas las personas que tenían relación con él, que se pusieron de acuerdo para conseguir el internamiento en el manicomio de aquel augsburgués obsesionado de forma tan desgraciada con su tesis. Seis médicos se negaron a internar en el manicomio al desgraciado, pero el séptimo dispuso su ingreso inmediatamente. Este médico, como he sabido por el Frankfurter Allgemeine Zeitung, ha sido galardonado por ello con la medalla de Goethe de la ciudad de Francfort.

Dos notas

En la biblioteca de la Universidad de Salzburgo, el bibliotecario se ha ahorcado de la gran araña de la gran sala de lectura porque, como escribe en una nota que ha dejado, de pronto, después de veintidós años de servicios, no podía soportar ya ordenar libros y prestar libros que sólo habían sido escritos para causar desgracias, con lo que se refería a todos los libros jamás escritos. Eso me recuerda al hermano de mi abuelo, que era guarda de monte en Altentannt, junto a Henndorf, y se dio un tiro en la cumbre del Zinfanken porque no podía soportar más la desgracia humana. También él dejó esa conclusión suya en una nota.

Sin alma

Mientras en los hospitales los médicos se interesen sólo por los cuerpos y no por las almas, de las que, aparentemente, no saben casi nada, tendremos que calificar a los hospitales no sólo de establecimientos de derecho público, sino también de establecimientos de asesinato público, y a los médicos de asesinos y compinches de ejecuciones. Cuando un, así llamado, científico privado de Ottanag am Hausruck, que había sido internado en el hospital de Völabruck por una, así llamada, peculiaridad, fue reconocido de pies a cabeza, preguntó, según escribe en una carta a la revista médica Der Arzt: ¿y el alma? A lo que el médico que había reconocido su cuerpo el respondió: ¡callese!

Deseo insatisfecho

Una mujer de Atzbach fue muerta por su marido porque, en opinión de éste, se había puesto a salvo de su casa en llamas con el niño equivocado. No había salvado a su hijo de ocho años, para el que su marido proyectaba algo especial, sino a su hija, a la que el marido no quería. Cuando, ante el tribunal de distrito de Wels, le preguntaron qué era lo que proyectaba para su hijo, que quedó totalmente carbonizado en el incendio, el hombre respondió que quería hacer de él un anarquista y asesino a manos llenas que aniquilase a la dictadura y, por consiguiente, al Estado.

[El imitador de voces / Thomas Bernhard; traducción de Miguel Sanz .- Madrid: Alianza Editorial, 2010 .- ISBN 978-84-206-4975-7]

2 comentarios

  1. dicha bibliotecaria supongo, aunque no se dice, debía ser fea. Pues la fealdad de las bibliotecarias es el último reducto de esperanza del hombre escritor del futuro y, por ende, salvaguarda de la literatura universal del mañana.

  2. Gracias por tu comentario, Imposivle. Pues no se dice nada de la hermosura del bibliotecario o bibliotecaria, ni de si, evitando su muerte, se conseguiría salvaguardar para las generaciones venideras todos los saberes de la Humanidad. Aunque, si la conciencia de tal responsabilidad le conduce a cometer suicidio, uno llega a plantearse incluso el abandono, antes que tarde, de esta hermosa profesión de guardián del saber, que yo también comparto. Un saludo.

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