Resulta de una curiosidad flagelante, casi nazarena, indagar en algunos de los blogs que han brotado al calor de las numerosas exposiciones en torno a la figura de Sorolla. En los comentarios de muchos de ellos, parece revivirse la eterna confrontación entre las dos Españas, de la que tanto habló Machado. Los que hay que lanzan diatribas en su contra, poco menos que lo denigran, tildándolo de pintor aburguesado, conservador entre los impresionistas, amante de tópicos e imágenes folclóricas; mientras que otros, sustentándose en argumentos contrarios, lo encumbran a la gloria de la pintura universal. El pintor, protagonista de toda esta polémica casi un siglo después de su muerte, poco puede argüir al respecto. Ya no puede defenderse desde su tumba rodeada de naranjos, a no ser con la elocuencia de su obra. Sirva de muestra un botón.

Cuando Sorolla ideó y ejecutó el descomunal encargo de los murales para la Hispanic Society de Nueva York, tarea que le requirió más de seis años de trabajo y de viajes por España, tuvo la precaución y, por qué no, el acierto, de reservar varios lienzos de la serie a la sin par tierra andaluza. Uno de ellos, titulado “Sevilla, el baile” representa una escena muy flamenca en un patio hispalense: un remolino de morenas danzarinas, con sus castañuelas y trajes de volantes, se arrancan a los compases de una sevillana, con una fuente florida en primer plano y gran expectación concitada a su alrededor. El patio enmarca la escena, todo enlucido de blanco, engalanado de fiesta. En base a esa elección temática del pintor, arrecian las críticas por su trasnochado tipismo, su visión amable y caduca de España, su falta de innovación frente a otros pintores coetáneos… (una y otra vez, Picasso, a colación). Se lee que su retrato es la “quintaesencia de la España rancia, cutre y tipicista”.


No fue Sorolla, es cierto, un pintor de vanguardia, lo que no le resta un ápice de talento. Fue un artista de competencia sin igual en su concepción del arte pictórico. En este lienzo de ambiente sevillano, no menos que en tantos otros suyos, quedan patentes sus galones. La paleta de Sorolla resulta inusual en la tradición de la escuela española, tan apegada a marrones, sombras, tierras, negros y pardos; solo ocasionalmente salpicada de alegría en los cartones o retratos de Goya. El lienzo del valenciano, examinado al natural, se nos antoja de una singularidad fascinante y colorista. Es una explosión de color sobre un tapete blanco. En sus paños, guirnaldas, alamares y cabelleras cardadas de claveles, se produce un estarcido de esmeraldas, añiles, amarillos y bermellones que deslumbra la retina. Parece un salpicón de pintura visto a través de las lentes tintadas de un caleidoscopio. El patio, tan blanco, no es sino el lienzo sobre el que gira y gira ese tornasol de colores.


Al contemplarlo, le vienen recuerdos a uno de ciertos versos muy tarareados de Machado, a los que cabría tal vez añadir la insolencia de un pie quebrado:


“La España de charanga y pandereta,
cerrado y sacristía,
devota de Frascuelo y de María,
de espíritu burlón y de alma quieta,
ha de tener su mármol y su día,
su infalible mañana y su…”
¡¡SOROLLA!!

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