Me repito siempre al comentar que uno de los momentos más emocionantes como autor es el de ver la criatura romper aguas. Esto, en el caso del escritor, se traduce en contemplar el libro impreso tras años de batalla campal contra el folio en blanco, a los que siguen luego esa otra batalla, estratégica y de resistencia, casi de trincheras, por lograr que la historia capte la atención de alguna editorial que se lance a publicarla. Es un periplo muy largo, a menudo desesperante. Mucho más cuando se trata de una novela extensa y ambiciosa, como ocurre con Sones de Iemanyá.

En total, cuento casi ocho años desde que empecé a escribir sus primeras páginas hasta que hoy por fin la disfruto en mis manos, en esta primera y preciosa edición. Solo de redacción, cinco años de escritura intermitente, en la que pasé por mil etapas, vicisitudes e interrupciones; más casi otros tres hasta materializar su publicación. Editoriales grandes se interesaron por la historia, pero, en última instancia, no se decidieron a publicarla, a buen seguro porque no se trata de un bestseller al uso, sino de una novela, me atrevería a decir, bastante más compleja y personal. Tuvo que cruzarse en su camino Malbec Ediciones, y su capitán Javier Salinas, los que por fin creyeron en ella y a los que estoy sumamente agradecido.

Sones de Iemayá es una y varias historias a la vez. Diría que es una novela-pastiche, si es que se puede emplear este término, la cual surge de la loca pretensión de mezclar muchos temas e influencias literarias, en apariencia inmiscibles entre sí. Por una parte, está mi amor por la música y, en particular, por el mundo de la ópera y del canto, sobre el que hacía tiempo quería escribir. Por otra, estaban mis lecturas de admiración de tantos escritores latinoamericanos del siglo XX, en los que he bebido y me han hecho crecer como autor. Pienso en los genios del boom y del realismo mágico, aunque también en otros menos conocidos en España, como el brasileño Jorge Amado, uno de los más grandes escritores en lengua portuguesa de todos los tiempos, que influyó con su colosal obra en autores como el propio García Márquez. En todo esto, se cruzó además mi deslumbramiento por Brasil, una tierra que descubrí hace años, en cuya geografía, cultura, música y literatura profundicé, y me enamoré, al punto de imaginar una bonita trama ambientada en ella.

Con todos estos mimbres, aparentemente inconexos, me lancé a escribir una larga historia, sin saber muy bien cómo la iba a armar y si tendría éxito en mi pretensión. Digo una historia, pero esto no es del todo cierto, porque Sones de Iemanyá, tal y como advierte su preludio, son realmente dos historias que se alternan de principio a fin…
Una en Madrid, a finales del siglo XX, en un ambiente muy musical. El protagonista de esta primera Jorge, un estudiante de Canto frustrado y algo neurótico, vivirá un auténtico torbellino al enterarse de que debe sustituir a su compañero en el papel principal de La Traviata. Y más aún cuando sepa que su gran ídolo, el tenor Alfredo Kraus, lo escuchará cantar. Jorge comparte protagonismo con su novia Marta, con quien mantiene una relación muy especial… Ella es el contrapeso para todos sus miedos y neurosis, casi su psiquiatra personal, y estará a su lado, con altibajos en la relación, hasta el final. Toda esta trama ocupa los capítulos impares de la novela y se transcribe en puro diálogo, como si de un guión de cine o teatro se tratara.

La otra en Brasil, en la década de los 60 y 70, coincidiendo con el golpe militar de 1964. La protagonista de ella, es Amanda, una mulata sensible y apasionada, bailarina en una modesta compañía de ópera de gira por Brasil, conocerá al amor de su vida, el argentino Mauricio Larramendi, que trabaja en la principal empresa petrolífera del país. La compañía de Amanda recorre alguno de los enclaves más hermosos del Nordeste de Brasil, donde aún se conservan históricos y preciosos teatros de ópera, algunos de los cuales visité para documentarme, como el Teatro Municipal de Río de Janerio, el Arthur Azevedo de São Luís de Maranhão o el José de Alencar de Fortaleza. Esta trama brasileña se cuenta en primera persona en la voz de su protagonista, como una crónica apasionada de todo lo que Amanda va viviendo y sintiendo en cada momento.

¿Cómo pues armar y conectar dos tramas tan distintas, en tiempos y en espacios distantes entre sí? Tuve que buscar un eslabón temporal entre ellas, que no voy a desvelar, pero el cual me sirvió para enmarcar ambas tramas y escribirlas, una hacia delante (la historia de Jorge), y otra hacia atrás (la de Amanda). Por otra parte, a lo largo de toda la novela, hay temas recurrentes que van conectando una historia con otra. Uno de ellos, es el de cierto misticismo de fondo, presente, sobre todo, en la historia de Brasil. Este misticismo viene ligado al mar, y se personifica en el orixá afrobrasileño Iemanyá, diosa de las aguas saladas y madre universal, que es quien da título a la novela y cuya figura juega un papel clave en el desenlace final de los protagonistas.

Otro de los temas, es el ya mencionado de la música, centrado en el mundo de la ópera, del que siempre he sido gran apasionado. Fantaseaba con ambientar una de mis historias entre los bastidores y bambalinas de los teatros de ópera, espacios por los que siento fascinación, así como también reflejar las obsesiones y tribulaciones de los cantantes de ópera. En este punto, y en la trama de Madrid, es donde aparece la figura de Alfredo Kraus, uno de los grandes tenores del pasado siglo, del que también me confieso admirador de por vida. En un principio, me planteaba la trama de Madrid como una especie de biopic ficcionado sobre Alfredo Kraus, pero, conforme fui avanzando en la historia, esta figura quedó (creo que acertadamente) en segundo plano, como un personaje secundario.

Por último, Sones de Iemanyá es también una gran historia de amor: el de Amanda y Mauricio, en la trama brasileña; y, en menor medida, el de Jorge y Marta, en la trama de Madrid. El amor es el que mueve toda la acción en Brasil, y tiene lugar en un momento político muy complicado: el del golpe de estado de 1964 y el inicio de la dictadura en aquel país. Fue una época muy convulsa y violenta, que me he esforzado por documentar y reflejar, y que afecta de lleno a la relación de los protagonistas. De este modo, la política y las tensiones sociales se infiltran sin remedio en la historia de Amanda y Mauricio; van condicionándola y, especialmente a partir de la segunda mitad de la novela, haciendo crecer el suspense en torno a ella, hasta su dramático final… No se lo cuento, ¡láncense a leerla!

 

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