El canto tirolés, yodel o jodeln, que de cualquiera de las formas se conoce, es uno de los géneros de folclore europeo más conspicuos y, sin embargo, más relegados hoy en día. Procedente de las regiones alpinas de Centroeuropa (Suiza, Austria, sur de Alemania y norte de Italia), donde antaño surgiera como medio de comunicación entre pastores y montañeros, alcanzó gran popularidad internacional durante el siglo pasado, gracias a la confluencia de grandes intérpretes con la difusión masiva a través de la industria fonográfica, la radio y la televisión.

En el boom de los programas musicales, a partir de 1960, los intérpretes de este singular arte copaban los concursos televisivos locales y arrancaban los aplausos arrebatados de un público compuesto, casi en exclusiva, por bigotudos y trajeados señores, escoltados por señoras con fabulosas permanentes. Hasta las películas de Hollywood, en especial las de Disney, no menos que los musicales de Broadway, bebieron a menudo de su caudal de inspiración. Sin embargo, en la era de Spotify y del anodino pospop, esta forma elevada de canto parece haber caído en el más absoluto de los olvidos. A cualquier chaval a quien se le hiciera escuchar, hoy en día, una canción de yodel, reaccionaría con carcajadas ante lo que, a buen seguro, consideraría una rareza vintage; una extravagancia cargante y bizarra que serviría de excusa para más de un meme.

Y es que las composiciones de yodel son de estructura y armonía muy sencillas. Acompañadas por instrumentos tradicionales, como armónicas, acordeones, guitarras y trompetas, resultan casi infantiles en cuanto a sonido. El ritmo es vivo y alegre y, ya se pueden imaginar, las letras no se distinguen en absoluto por su profundidad existencial… Es el reino de la consonancia y del ritmo cuadrado, exaltando amores entre jarras de cerveza, prados y ovejas. Diríanse extraídas de un exótico Cantajuegos. Ahora bien, la locura estriba en la línea melódica, en la que, por norma, se dibuja una geometría asesina. A una estrofa poblada de tópicos, en la que el cantante suele emplearse al modo tradicional, y que poco o nada trasciende desde el punto de vista musical, suele seguir un estribillo cantado todo él en falsete sin que realmente se transmita nada en la letra. Todo pura onomatopeya: ¡¡Holla-re-i-idi-ei-ho!! Pero ¡qué demencia vocal la de estos cantantes que quiebran su garganta con tal agilidad, pasando de la voz en pecho al falsete a ritmo vertiginoso! Ni las florituras exigidas en las arias más peliagudas de Rossini pueden compararse a este carnaval del falsete.

Pues bien, si ha habido una figura destacada en los anales del yodel, ese ha sido el gran Franzl Lang (1930-2015). Este alemán de sonrisa bonachona, constitución robusta y acartonado tupé es, sin duda, su más eximio representante. Imbuido de la música tradicional desde pequeñito, desplegó una larga y fructífera carrera artística que proyectó el yodel más allá de sus reducidas fronteras. Grabó miles de canciones y discos, intervino en varias películas, fue estrella de la televisión y hasta se atrevió a escribir un tratado del canto yodel que, hasta la fecha, no ha sido traducido al español, lástima… De impresión imborrable cabe tildar la experiencia de escucharlo por primera vez, rompiendo con su voz las reglas de la gravedad. Y qué gracioso contemplarlo en los vídeos de Youtube –animo a todos a ello–, ataviado al estilo tradicional tirolés, con sus pantalones bombachos, sus calcetines de lana hasta la pantorrilla y los guarnecidos tirantes; en ocasiones, rematando su cocorota con un sombrerito de plumas, cual florido pavo real. Verlo en las grabaciones de la época, con esos andares de vaquero extraviado y esos quiebros de cadera que desbarataban la compostura de las señoras, no tiene precio. Entre sus grandes éxitos, se cuentan Yodelling y Mei Vater is an Appenzeller, de cuyos vídeos incluyo aquí sendos y sabrosos enlaces.

Prueba de su influjo en la inusitada popularidad del yodel a nivel mundial, cabe encontrarla en uno de sus más distinguidos discípulos, venido del Extremo Oriente, nada menos que del lejano Japón: Takeo Ischi, un voluntarioso y animado intérprete cuyos auge y caída, así como los del propio género del yodel, se retratan de manera agridulce en el siguiente vídeo de Youtube. Que nuevos talentos vengan a reverdecerlo y laurearlo.   

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