Hay un cuento magistral del brasileño Joaquim Maria Machado de Assis (1839-1908), perteneciente a su volumen Papeles dispersos (1882), en el que una especie asombrosa de arañas, en posesión de un lenguaje desconocido, se organiza social y políticamente, con la intención de formar la nación universal de los arácnidos, todo ello bajo la supervisión de un científico algo extravagante. Este aplicado biólogo se admira del arte que las arañas demuestran en la hilatura de sus telas, así como de su perseverancia y posición dentro del reino animal, “¿Qué mejor ejemplo de paciencia, orden, previsión, respeto y humanidad?”, se pregunta. Y cuando, tras años de estudio, logra desentrañar los misterios escondidos en su lenguaje fónico, hasta ser capaz de gramaticalizarlos para comunicarse con ellas, no cabe en sí del asombro. La riqueza que descubre en estos artrópodos es tal, que decide criarlos y hacerlos crecer en su chácara a las afueras de Río de Janeiro. La población crece y crece y, al desbordarse el número de ejemplares, se ve en la necesidad de organizarlos en sociedad. Me viene a la memoria esta historia por lo que en estos días acontece en muchas de las plazas principales de España, siguiendo el ejemplo y convocatoria del movimiento 15 de Mayo de la Puerta del Sol de Madrid.
En el cuento de Machado de Assis, las arañas, nación todavía imberbe en el complicado juego de la política, se dotan de una forma de gobierno inspirada en el  modelo clásico de la República Veneciana, tanto es así que adoptan su mismo y altisonante nombre: SERENÍSIMA REPÚBLICA. En principio, el Estado arácnido recién constituido parece establecer una exitosa estructura administrativa y salir adelante, con sus más y sus menos, frente al reto de ejercer el sufragio. Señalan a un puñado de minuciosas Penélopes a las que encargan la empresa de tejer una bolsa, a modo de urna, para ser empleada en las distintas elecciones; y designan a ciertos funcionarios especiales para llevar éstas a cabo: unos encargados de las inscripciones, y otros de las extracciones de las bolas con los nombres de aquellos afortunados que habrán de detentar los principales cargos representativos. Pero sucede que, cuando los intereses particulares comienzan a llamar a la puerta de cada uno, y cuando tales intereses envenenan la pureza del acto electoral, en forma de diferentes tipos de fraude que las arañas pergeñan, es cuando se ven en la necesidad de tomar medidas para atajar la corruptible ambición de cada individuo.
No sé si esto es lo que acabará sucediendo también con los miles de españoles, jóvenes y no tan jóvenes, que han decidido echarse a las calles en fecha previa a unas elecciones sin brillo, portando la ideal bandera de una República horizontal y democrática, y al margen de toda esa clase política que parece vivir tan alejada de sus verdaderos anhelos y necesidades. De momento, da la impresión de que en todas las concentraciones existe un ambiente festivo y constructivo. Se habla de asambleas, comisiones, propuestas, debates públicos, comités, resoluciones, que no se sabe muy bien qué fondo y alcance tendrán… Creo que son muy espinosos los asuntos sobre los que estarán discutiendo; muy dura la situación económica y social que rodea a todos, y muy intrincada la adopción de propuestas viables para intentar acabar con ella. La perfección de los solarios de Campanella o de los utopianos de Thomas Moro tal vez sólo sea alcanzable en el reino de la imaginación humana. Aunque cueste admitirlo, la vida se articula en torno a postulados prácticos que son los que permiten a la gente comunicarse, entenderse o desentenderse en lo político, crecer y prosperar también en lo económico. Y estos entramados organizativos de los que las sociedades se dotan, como la propia esencia del ser humano, son imperfectos, mejorables, trillados de manchas y ocultos orificios.
Pero con independencia del signo político que reúna a tanta persona en la calle -si es que lo hay-, no deja de ser alentador y hermoso que estas concentraciones hayan surgido de un modo aparentemente espontáneo y pacífico, en respuesta a un mundo que se creía amuermado y sin capacidad de reflejos. Y creo también que harían muy mal los representantes políticos, los partidos de un signo y otro, en obviar y menospreciar a los concentrados, en no atender el grito de descontento y frustración dirigido sobre todos a ellos, a esa clase y a ese sistema que no han sabido hasta el momento aportar soluciones; pero también al conjunto de una sociedad que no se ha visto con fuerzas para reaccionar. Bajo las batucadas y caceroladas, bajo los desayunos colectivos y las escenificaciones de supuestos congresos, me parece se esconde un hartazgo y un deseo de cambio muy profundo y serio. Dios quiera que, como en el cuento de Machado, no se acabe discutiendo por las telas de las urnas, o por los nombres escritos en una bola u otra.

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